dilluns, 7 d’abril del 2014

Vivència personal

Hace aproximadamente un año, mi compañera me ofreció cuidar a una mujer que padecía ELA, en ese momento, no supe bien qué decirle, sentí mucho respeto ya que desconocía la enfermedad y sería la primera vez que me iniciaría en el mundo como cuidadora de una persona mayor, dado que hasta el momento sólo había cuidado a niños. Mi compañera me insistió bastante y consideraba que podría realizar bien esta tarea, ella confiaba en mi plenamente, necesitaba una persona que le ayudara a cuidar a X: ella por las mañanas y yo durante la noche y los festivos.  


En ese momento me sentía un poco confusa y realmente no me veía capaz de realizar la tarea más física, ya que la enfermedad de X estaba en un estadio bastante avanzado. Y era totalmente dependiente para caminar, vestirse, hacer la higiene, etc. Además, ella necesitaba unos cuidados específicos ya que llevaba la PEG (sonda de alimentación en el estómago) y no podía comer por la boca y comunicarse parecía de lo más complicado.  A todos estos, aparentemente, obstáculos su vivienda no estaba habilitada para su nuevo estilo de vida.


Planteada la situación así sentía que era bastante compleja pero algo me impulsó a decir que sí e iniciarme en esta nueva experiencia.  Los primeros días me sentía muy extraña,  busqué muchísima información sobre la enfermedad, hablé muchísimo con mi compañera e incluso pregunté en el hospital sobre esta patología. Las expectativas no eran muy buenas y todo el mundo me aconsejaba que no me encariñara de ella pero resultó ser imposible.


Ella me trataba como si me conociera de toda la vida, me sentía como en mi casa pero había momentos que me sentía algo extraña, ella me miraba y sonreía, tan sólo quería que le acariciara; con mi simple presencia ella se sentía más segura. Las primeras semanas fueron de adaptación a la nueva situación, por mi parte, la de ella y sus familiares. Incluso sentí que los familiares no estaban muy convencidos de mi capacidad para llevar a cabo los cambios de posturas, traslados etc. Y eso me hizo sentirme un poco incapaz.


A medida que iba pasando los días X confiaba más en mí y los traslados eran muchísimo más sencillos, nadie pensaba que volvería a dar unos pasos, mi compañera y yo, la levantamos y poco a poco la hicimos caminar. Se sentía muchísimo mejor y no paraba de agradecernos nuestro empeño por su progresión. La comunicación con ella, que aparentemente era un obstáculo, resultaba de lo más sencillo gracias a las nuevas tecnologías. Nos comunicábamos con una pizarra, hacía que  la conversación por lo menos fuera curiosa y a mí me hacía pensar muchísimo en el espíritu de superación que tenía ella, pese a ser totalmente consciente de su enfermedad. Los días fueron pasando  y nuestra relación cada vez era mejor y se fortalecía por momentos.


Cuando tenía alguna complicación derivada de la enfermedad, eran los peores días juntas. Ella sólo quería estar con nosotras e irse del hospital. Esos momentos fueron bastantes duros, porque poco a poco le fui cogiendo  mucho aprecio. Eso sí, los días que estuvo ingresada seguíamos a su lado. 


Hace aproximadamente un mes, un jueves mientras estaba haciéndole la higiene se puso muy malita e hizo un vomito hemático y por la PEG refluía contenido gástrico no absorbido. Fue muy impactante para mí y me di cuenta de que algo no estaba bien. La ingresaron y dos días después falleció rodeada de sus familiares.


Junto a ella he crecido como persona y he aprendido a valorar todo lo que me rodea, también he podido observar todo su entorno y la relación tan profunda que  se creó, una mujer con muchísimas ganas de vivir, que se comunicaba contigo con esa esperanza de seguir muchísimo tiempo a tu lado y la manera que ella me demostraba lo segura que estaba junto a mí. Los paseos con X fueron uno de los mejores momentos que me quedó de esta experiencia, contemplar los niños en el parque, una fuente, el sol… Pequeños detalles que pasan desapercibidos en mi día a día que ella ha hecho que sea consciente. Agradezco estos momentos junto a ella y el cariño que demostraba cada día con el brillo de sus ojos. No necesitaba nada más que mirarla a los ojos para saber cómo se encontraba y tan sólo con una caricia o una sonrisa le cambiaba la cara y te regalaba los mejores momentos.


                                                                                                                                             Anónimo. 

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